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Edgelit

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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Mar 18, 2009

FECALITERATURA, por Orlando Luis Pardo Lazo


 

 

FECALITERATURA

Orlando Luis Pardo Lazo

 

Yo como bueno y soy bueno:

Moriré de caca al sol.

 

Hay maldiciones que vuelan y vuelven sobre la literatura cubana. La mierda, por ejemplo, aunque aún no ha sido narrada con la intensidad que le corresponde, es una de esas obsesiones fatídicas que surge entre nosotros como un mojón cometario de hielo sucio.

 

Hace veinte años un joven Ángel (Delgado) Exterminador defecó en público en una de las salas de la muestra “El objeto esculturado” (Centro de Desarrollo de las Artes Visuales). Lo hizo limpiamente en una Habana a punto de Período Especial. Y cagó, para mayor simbolismo y tragedia, sobre un periódico Granma de la época (que es como decir sobre el mismo órgano oficial del mismo PCC de todas las épocas).

 

El gesto terminó siendo narrado rentablemente por las agencias noticiosas del mundo y Ángel Delgado terminó en una prisión provincial. Sus heces esculturadas sobre la tinta fresca del periódico del día cumplían, al parecer, los requisitos para una sentencia de seis meses por el delito de “escándalo público”.

 

En una de las 21 RefleXXIones publicadas en los años cero en nuestro e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post (episodio 4), se regurgita esa perversa pulsión de “narrar la mierda mierderamente. Narrar el metamojón flotante en la charca caribe con todas sus hediondeces estéticas, tan estáticas. Narrar sin kitsch. Sin complejo de culpa. Sin compromisos ni comentarios. Sin seguridad (del Estado o de Dios). Sin quijotismo ni quórum. Sin columnas ni refleXXIones. Sin halar la cadenita del water-closet. Narrar sin narrar las inodoras heces del siglo XX: comemierdurías idiotópicas y demás solidaridades obligatorias. Narrar mierderamente la mierda como tarea de choque para inaugurar el panteón pétreo-pútreo-patrio de nuestro XXI”.

 

Usando el papel periódico como espejo analcisista, unos versos de Bladimir Zamora resuelven (y revuelven) bukowskianamente los detritos de este tópico. En efecto, en el poemario Los olores del cuerpo (Ediciones Abril 2009), donde se resume su obra poética de las últimas dos décadas, en la penúltima página (como si en silencio hubiera tenido que ser), el autor ha “cerrado la puerta / del balcón / para cagar / en la estrecha / intimidad / sobre / el periódico de ayer”. Y aún más político, mientras lo hace (técnicamente, mientras lo escribe), le “caen / como auras / tiñosas / las dudas / en la cabeza”.

 

A inicios de 1990 yo acaba de cumplir 18 y estudiaba gratuitamente el primer año de Bioquímica en la universidad (me decían El Flaco y tenía el pelo muy corto: era un sub-Charligarcía loquito y locuaz). El otro Ángel (Delgado) se hacía arrestar ante el pánico de su público y de todo nuestro camping cultural, incluidos Bladimir Zamora y un staff de El Caimán Barbudo amenazado de extinción a falta precisamente de papel. Ángel de la Infame Ignorancia, yo por entonces ni siquiera me enteré del affaire fecal Granma (de hecho, lo leí en el libro-bomba apocalíptica de Andrés Oppenheimer).

 

Luego sí pude asistir a la expo personal “1242900”, en el Espacio Aglutinador independiente de Sandra Ceballos, donde el performer de la cagada incivil mostraba sus útiles y manías de presidiario cubano. Eran cositas (literalmente) de mierda, según recuerdo no sin tristeza: una hamaca o un mosquitero, jarros y pomitos, ropa ripiada de becario en la escuela al campo (incluidas medias y calzoncillos), un sombrero de yarey, jabucos y un bombillo incandescente cuya luz ilegal hoy volvería a sancionar a su propietario.

 

No sé por qué aquella instalación o lo que fuera no me gustó: tal vez salí sobrecogido por la miseria del autor y/o la mezquindad de la autoridad. Tampoco me gustó para nada el poema de Bladimir Zamora, que aunque escapa de la ñoñería lírica Made In Cuba, no nos revienta en plena cara como una granada prosaica: tal vez me dejó con ganas de un remate con menos “martes / –cualquiera– / ni siquiera 13” y más muerte marcial; un final de menos esperanza enferma de ética y más esquirlas excéntricas en eyaculación.

 

Un detalle sí conecta estas no tan cínicas como cíclicas maldiciones de mojón: “El objeto esculturado” y “1242900”, el “Blues de Bukowski” del Blado y mis “RefleXXIones” en The Revolution Evening Post. Y ese detalle es el olor (coincidiendo con el título del más reciente poemario de Ediciones Abril 2009).

 

Son los olores del cuerpo de un ángel que caga teatralmente libre sólo para cagar después tétricamente en prisión (la ropa interior expuesta luego por él también incluía el hedor). Son los olores de la tinta sin acting de un poeta “cagando / trabajosamente / en el periódico de ayer”, que no tendría por qué ser el Granma sino acaso su contra-orgasmo oficial El Nuevo Herald. Y son los olores, también, de mi volátil voluntad de asociación, esa tara libérrima que me hace proponer este cortocircuito climático como primera piedra de toda una fecaliteratura para nuestro siglo XXI posnacional: ¿cómo narrar un apócrifo donde Ángel Delgado sea cogido cagando in fraganti a la vuelta de veinte años, esta vez sobre el poemario fragante de Bladimir Zamora? (Círculo cerrado y/o circo circular.)

 

No sé. Sospecho que en ocasiones “hay que ser obsoletamente moderno”, como pedía Rambo en el mejor parlamento de su peor película.

 

 

Mar 17, 2009

Nuevo blog a la luz virtual!!! Suerte bloguero!!!

es anónimo y piensa, siente y vive su realidad en blanco y negro...

http://fotoscubahoy.blogspot.com/

 

 

Soy un joven cubano que vive en la Ciudad de la Habana. De forma independiente pretendo hacer este blog para publicar las fotos que tomo en las calles de mi ciudad.

Blogueo desde Cuba

HOLA BLOGUEROS:

Soy de la Generación Y, pero no me llamo YOSVANY, YULEXIS ni YURI.

Soy un joven cubano que vive en la Ciudad de la HABANA y de forma independiente pretendo hacer este blog con el objetivo de publicar las fotos que tomo diariamente en las calles de mi Habana.

Este blog se llama FOTOS DESDE CUBA porque son las imágenes de la Cuba actual.

 

Género (trans) Género--BIENAL DE LA HABANA.




Género (trans) Género y los (des) Generados.
Programa de acciones y presentaciones.
Centro Cultural Bertolt Brecht.

Marzo
Domingo 29
7:00 p.m. Inauguración y presentación del performance Rosado Bravo, de
Argelia Bravo (Venezuela) con la participación de Kiriam, Pititza y Bata
Show.

Abril
Jueves 2
7:00 p.m. Panel Masculinidades en conflicto. Conferencia del Dr. Julio César
González Pagés (Cuba). Presentación de las obras de Alex Donis
(Guatemala-E.U.) y Argelia Bravo (Venezuela).

Viernes 3
7:00 p.m. Presentación del performance Ave. María, de Sandra Ramy (Cuba)

Sábado 4
7:00 p.m. Presentación del performance Todoterreno, de Roberto Ramos y
Carlos Díaz con la participación de Teatro El Público (Cuba)

Domingo 5
7:00 p.m. Proyección de videoregistros de la obra performática de Steven
Cohen (Sudáfrica) y Nicholas Hlobo (Sudáfrica).

Jueves 9
7:00p.m. Presentación del performance Constructos, de Naivy Pérez (Cuba)

Viernes 10
7:00 p.m. Presentación y proyección de la serie de revistas y videos
Playbeuys, de Carlos José García (Cuba). Presentadora: Beatriz Gago (Cuba).

Sábado 11
7:00 p.m. Presentación y proyección de la obra audiovisual del realizador
Jorge Molina (Cuba). Presentador: Víctor Fowler (Cuba)

Domingo 12
7:00 p.m. Presentación del espectáculo multimedia Pink Gun. vol 2 (+Turbo),
de Las Pistolas Rosadas (Cuba).
9:00 p.m. Clausura: Concierto ACME (Asociación Cubana de Música Electrónica)

RV: Tibet: no al silencio!

-----Mensaje original-----
De: Brett Solomon - Avaaz.org [mailto:avaaz@avaaz.org]
Enviado el: Monday, March 16, 2009 12:55 PM
Para: lia
Asunto: Tibet: no al silencio!

Estimad@ amig@,


La lucha del pueblo tibetano por escapar del bloqueo informativo impuesto por el gobierno chino es desconocida por el resto del mundo

Dona ahora y ayuda a los tibetanos a vencer este manto oscuro de censura. <https://secure.avaaz.org/es/tibet_stop_the_blackout/?cl=196648729&v=2982>

<https://secure.avaaz.org/es/tibet_stop_the_blackout/?cl=196648729&v=2982>
Con ocasión de la conmemoración del 50 aniversario de la fecha en que el Dalai Lama tuvo que escapar a India, un manto negro de silencio se está desplegando sobre el Tíbet: la prensa internacional está siendo detenida y expulsada, patrullas armadas han tomado las calles y los ciudadanos son arrestados y confinados por motivos políticos. Aún así, muchas de estas violaciones permanecen desconocidas en el mundo dado que las comunicaciones han sido interrumpidas.

Sin apoyo inmediato, aquéllos que aún hoy encuentran resquicios para evadir el manto de censura no podrán continuar alertando al resto del mundo o a los propios tibetanos sobre las desapariciones y la negación de derechos humanos fundamentales. Una comunicación abierta es el mejor resguardo para prevenir que se den futuros abusos.

Hoy es el día para realizar tu donación y ayudar a garantizar que información tan vital para el pueblo tibetano circule y no sea completamente censurada:

https://secure.avaaz.org/es/tibet_stop_the_blackout/?cl=196648729&v=2982

Un modesto aporte puede tener un gran impacto :

* Por U$D90 (69 Euros) podemos asegurar una hora de transmisión de la red de radios "Voice of Tibet", lo que proveería de noticias imparciales a toda la región.

* Si 100 de nosotros donáramos U$D25 (19 Euros) cada uno, podríamos costear nuevos equipos tecnológicos permitiendo así que los tibetanos se expresen sin censuras de modo seguro.

* Si 100 de nosotros donásemos U$D100 (76 Euros) cada uno, lograríamos ayudar a mejorar la capacidad del transmisor radial al otro lado de la frontera en la India, expandiendo, durante un mes, su alcance en el Tíbet y China.

Sólo la libertad de informar y el diálogo entre tibetanos y chinos pueden contribuir a alcanzar una solución duradera y pacífica al problema del Tíbet. Cliquea abajo ahora para realizar tu contribución:

https://secure.avaaz.org/es/tibet_stop_the_blackout/?cl=196648729&v=2982

La situación es extrema, e informes recientes sugieren que está empeorando. El gobierno chino ha cortado las redes telefónicas para dificultar a las organizaciones de base que organicen sus esfuerzos por el pueblo tibetano y han bloqueado todo contacto con el mundo exterior, incluyendo las comunicaciones con sectores chinos más progresistas. Si no ayudamos a que los tibetanos tengan acceso a tecnologías capaces de sortear el bloqueo impuesto, esta complicada situación podría ser silenciada bajo un férreo e impenetrable muro de silencio.

Estaciones de radio, bloggers y tecnologías para evadir la censura son como faros anti-niebla y son ahora esenciales para la supervivencia del pueblo tibetano. Esto es lo que el Dalai Lama ha dicho de "Voices of Tibet", para quienes tu aporte hoy puede significar que sigan en el aire:

"Este es el único servicio de radio en idioma tibetano bajo la dirección de un consejo editorial tibetano, que nos permite comentar los eventos que son de nuestro interés, y desde nuestra perspectiva. (...) Yo apreciaría (...) si organizaciones e individuos afines pudieran ayudar a que "Voice of Tibet" continúe funcionando..."

Realiza tu donación hoy y ayuda a mantener con vida iniciativas tan importantes como ésta; nunca antes han sido tan necesarias como ahora:

https://secure.avaaz.org/es/tibet_stop_the_blackout/?cl=196648729&v=2982

La libertad de información es vital para la supervivencia de la cultura tibetana y un ingrediente clave en asegurar la autonomía de Tíbet. Es éste también un camino clave para tener acceso a grupos progresistas en China, muchos de quienes buscan perspectivas e información alternativas. Como miembros de una comunidad global, podemos ayudar a asegurar el acceso a la información por los pueblos tibetano y chino y por todos nosotros que estamos detrás de la cortina.

Con esperanza,

Brett, Ricken, Alice, Paul, Graziela, Ben, Paula, Luis, Pascal, Veronique, Iain, Milena y el resto del equipo de Avaaz

Más información:


* Informe de Amnesty International:
http://www.avaaz.org/informe_Amnesty_Tibet

* Mensaje del Dalai Lama en conmemoración del 50 aniversario del levantamiento del Tíbet (en inglés):
http://www.voicesoftibet.org/


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ACERCA DE AVAAZ

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Ally Mcbeal y la televisión cubana...



Y criticábamos la televisión capitalista norteamericana, llena de violencia y consumismo, y esquizofrenia oficial y generalizada…

Cuando me doy un saltito al TV set en la sala de mi casa, sólo veo series policiales –y ahora las híbrido fantásticas-de terror-detectivescas- donde el principal protagonista es el asesinato. Pues bien, entre una y otra, disfrutamos de las series humorísticas, o al menos pretenciosamente graciosas.

Tal el caso -de la- lamentable y asombrosa Ally Mcbeal (no Ally y McBeal como los muchachos de kebuelta -antes radiobemba, cartelera cultural habanera de unos universitarios- pusieron hace unos días en la programación televisiva del canal Educativo 2, cada viernes a las 10 de la noche). Este sin mucho cuestionamiento es unos de los personajes más negativos que han pasado por los Pandas-sólo-para-privilegiados. Una abogaducha soltera y sentimental que no deja de quejarse de su solitaria vida, transcurrida la mayor parte del tiempo en un juzgado llevando casos lo más estúpido y ridículos que cabría imaginar, involucrándose emocionalmente en cada uno de ellos, éticamente desastrosa; y formando parte de un bufet colectivo que deja más que desear.

Se trata –intenta hacerlo- esta serie de las relaciones humanas.

De lo catastrófico y cursi que se puede llegar a ser con tal de proponérselo.

Ally es una anti heroína nunca antes vista, de lo peor, cuyo único orgullo egocéntrico parece ser la forma de vestirse, las superminifaldas que lleva a la corte, compensación anímica que se regala cada vez que tiene un fracaso amoroso.

Estos personajes sicotrastornados, patológicos y posmodernos se la pasan alucinando visual y auditivamente.

Sus tontos casos se resuelven a duras penas porque,  de una, son casos perdidos, como ellos mismos.

Si se hablara de principios y moral, bah!, a esta serie le importa un comino si es social o políticamente incorrecto: la libertad de expresión de la que se hace gala (no niego que es antes que nada fantástica, pero a estas alturas en que todo está profundamente fusionado, quién puede identificar  con algún ápice de certeza lo real del invento) en estos alocados capítulos es para darnos contra las paredes todos los cubanos.

Pero bueno, nos han acostumbrado a levantarnos un domingo por la mañana y ver –parte de la programación infantil, horror- la biografía de Stalin, como cosa muy natural, y luego, a la noche, la de Musollini, protagonizada además y para colmo por Antonio Banderas en su más deliciosa juventud.

Así que no sería de extrañar el que se nos restriegue en la cara que en Estados Unidos, enemigo número uno por excelencia de este gobierno distrófico –aunque el Cagandante se la haya pasado por mucho tiempo repitiendo como cotorra que el enemigo eran los mandatarios y no la población norteamericana, adorablemente consumista y violenta-, se celebran juicios descabelladamente justos hasta el límite de lo tolerablemente posible.

Pero ya con el conocimiento de los cinco espías hospedados en sus celdas cinco estrellas y nuestros presos políticos en inútiles huelgas de hambre tenemos bastante.  

Somos una especie miserable,  inescrupulosa y agresiva. Y las clases sociales no nos hacen ni mejores ni peores ante los demás: somos todos igual de malos y patéticos.

Pero algunos países parecen pasarse el doble y el triple que otros en perversidad y podredumbre.   

Pero se puede, a 90 millas de distancia al menos, patentar un baile o unos condones personalizados y volverse millonario por una tonta idea parecida.

(¿Cuándo se aprenderá a valorar más el nivel de vida que se lleva en Cuba? Cuando se aprenderá a no acostumbrarse a resistir. A no conformarse “con lo que te toca”.

 A no aguantar tanto atropello y a no coger “lo que te dan” sin antes revisar las condiciones, y el precio a pagar.)

La sociedad norteamericana puede tener infinitos defectos, pero puede darse ciertos lujos preciosamente excéntricos y de sicoterapia como salir de compras o drogarse con sicofármacos absolutamente legales para aliviar cualquier mínima pérdida de autoestima o depresión emocional.  

El liberal baño unisex en Ally McBeal grita por la igualdad de género. Por una desconocida y lejana civilización imposible para los tercermundistas.

Y todo parece girar alrededor de la incapacidad de sostener una relación amorosa estable de esta gente, enloquecida hasta lo absurdo,  pero libre, que únicamente puede  preocuparse por su vida amorosa, porque todo lo demás ya está bien resuelto.

Al menos sus derechos no son descaradamente violados, y esto es algo de lo que tiene que enorgullecerse una sociedad.         

Es preferible no tener memoria a tener que cargar con una como la de la Alemania nazi, por ejemplo. Por mi parte no quisiera tener que cargar con la culpa del silencio y la resistencia.

 

Haneke, Michael, nos dice:
Está claro que cada país tiene manchas oscuras, periodos de la historia en los que la culpabilidad individual entra en consonancia con la culpabilidad colectiva. En Alemania, hace muy poco que han confrontado los sucesos y consecuencias de la II Guerra Mundial. Y mis paisanos se siguen considerando víctimas del “Anschluss”.

Pero la peor enfermedad que ataca a los ciudadanos austríacos es la fatiga. Ahora sufre Austria lo que cualquier psicólogo definiría como complejo de inferioridad. Mis amigos alemanes y franceses siempre me han considerado un pesimista, pero yo me defino más bien como un hombre fatigado, aún capaz de producir una cierta y elegante ironía. La manipulación en los medios es constante. Incluso las imágenes de “realidad televisiva” están manipuladas. Hoy en día nos acosan con imágenes que confundimos con la realidad y eso es peligroso, porque perdemos la referencia del mundo real, la única válida. Por eso, tomé la decisión de rodar esta película en vídeo de alta definición, para crear unas imágenes inconfundiblemente de vídeo. Y es porque los espectadores muchas veces toman por real lo que no lo es. Es tan sólo una nueva representación de la realidad. Las imágenes son el arma más poderosa para dominar la mente, al igual que la propaganda fascista. Por eso, cada cual debe estar alerta. Las nuevas tecnologías, tanto de la representación de los medios y del mundo político, permiten mayores daños cada vez a una velocidad mayor. Los medios contribuyen peligrosamente a una confusa noción de que cada vez sabemos más y en un ambiente de inmediatez cuando en realidad es que no sabemos nada de nada. Eso nos impulsa a sufrir conflictos internos muy intensos, que generan “angst”, que conduce a su vez a la agresión y, finalmente, a la violencia. Es un círculo vicioso. Pero hay algo que desata mi ira: la utilización de la violencia gratuita. Lo considero cínico e irritante. Llevo años explorando el fenómeno. Me preocupa, sobre todo, el rol de la televisión fundamentalmente como el símbolo de la representación de la violencia en los medios. Y como causante de la gran crisis que supone su influencia en la pérdida de la noción de realidad y la desorientación generalizada. La alienación es un problema muy grave y la televisión juega un papel predominante.

(entrevista de Beatrice Sartori para El Cultural.)

 

 

 

Mar 16, 2009

Boring Home/OLPL/novel/Continuación (6)


 

 

37

TOKIONOMA

Violento suspiro de un japonés. Todas las

noches lo veo. Viejo. Senil. Habitante de isla. La

mayor de las antiguas. Un ser que exhala su aire

como quien expira.

Casi cien años. Tiene. Nació a mediados del

XIX. Y sólo a mediados del siglo XX lo consigue

expulsar. Su aire. Se llama enfisema y no tiene

cura. Ni siquiera en Japón. Mucho menos en

pleno agosto de 1945. Un verano del mundo no

más infernal que el resto de la realidad.

En los suburbios de Tokio. Desde allí escucha

sus noticias en japonés. Literalmente. Porque son

suyas. Él las reinventa. El locutor comenta sobre

otra ciudad de isla enteramente borrada. Él

suspira. Ya va quedando menos del mapa. Falta

sólo el borrón atómico de la capital imperial. Y

luego llegaría por fin el turno del japonés, una

última oportunidad de tachar ese idioma no tan

retórico como reiterativo. Una lengua que

enfatiza a tiempo. Al principio muy complicada

pero, con la práctica de años, tan sencilla como el

arte de respirar.

Lo veo exhalar como quien expira.

Violentamente. De alivio. Anhela el fin de su

historia. Literalmente. Porque es la suya. Ansía el

vacío del mapa. Y teme que no le alcance el

tiempo para enterarse de la noticia, de ese

comunicado por radio en la locución eterna de un

vocero imperial.

—Ojalá que Tokio no tarde –pronuncia con

los ojos cerrados, aunque sus retinas hace

décadas que ya no ven. Nada.

Yo sí. Yo veo.

Veo aquella frase y suspiro violentamente.

Me falta el aire. Me parezco a un japonés. Viejo.

Senil. Habitante de otra isla. La menor de las

antiguas. Casi cien años. Tengo. Nací a mediados

del siglo XX y aún suspiro a mediados del XXI.

A estas alturas de la historia apenas me queda

tiempo para escuchar mis noticias. Literalmente.

Porque son mías. Yo me las reinventé.

Sólo que el idioma español es demasiado

retórico para reiterar. Y eso es lo más peligroso.

Habitamos una lengua que a nadie le avisa a

tiempo. Ni siquiera el locutor muestra algún

síntoma de preocupación. Ahora todo mapa

parece eterno, mientras sea narrado en español.

La historia traducida a este idioma es una estera

sin fin. La memoria se hace tan imborrable que

provoca dolor.

—Ojalá que Tokio no tarde –me escucho

doblando la misma frase del japonés.

Ojalá que Tokio no tarde, pronunciado en la

capital de ningún imperio. Ojalá que Tokio no

tarde, en un amnésico español que no anestesia ni

media palabra. Ojalá que Tokio no tarde, con mis

dos ojos tan abiertos como ceros atómicos, las

retinas tragándose y a la vez borrando hasta la

última frase de luz. Ojalá que Tokio no tarde, en

pleno agosto de 2045: un verano del mundo no

más infernal que los restos de la realidad.

38

ENTRE UNA BROWNING Y LA PIEDRA

LUNAR

1

Recogimos una piedra lunar. Una de esas

piedras rosadas que caen de la luna atraídas por

la fuerza de gravedad. Una piedra del tamaño de

un puño. Áspera a sobrerrelieve, laberíntica. Una

piedra de luna fácilmente confundible con un

coral. De fuego, en estado de excitación o

extinción. Como un cerebro de miniatura. Por

supuesto, fue Ipatria quien la nombró:

—Se llamará Clito –nos dijo–. La diosa

solitaria y apócrifa de la historia y la sexualidad.

Y todos reímos de su ocurrencia al nombrar la

piedra.

Como de costumbre, no entendíamos ni una

sóla de sus palabras. Con el lenguaje nunca nadie

la superó. Con la lengua tampoco. Por eso Ipatria

tenía todo el derecho a nombrar. A ella y cada

miembro del grupo. Y también a tragarse cada

miembro de los cuerpos de cada miembro del

grupo.

Ipatria era una gran boca abierta al estilo de

un cero voraz.

2

Una Browning de 15 tiros. Una pistola

extranjera, como toda arma. Cargada, por

supuesto, como en aquel tema anglo sobre la

felicidad, cantado medio siglo o medio milenio

antes del nacimiento de Ipatria: la felicidad es

una pistola cargada, cansada.

Ipatria apuntó a lo lejos. Al vacío recóndito

de la noche. A nadie y nada en particular. Ipatria

apuntó en medio del parque de la Asunción. En

el medio de Lawton, La Habana, Cuba. En medio

de América y el planeta Tierra. Ipatria apuntó a la

luna, hacia arriba. O al menos eso nos pareció.

Entonces, de un súbito giro, se metió el cañón en

la boca. Esa era su especialidad: usar la boca

como amenaza inmediata de matar o hacerse

matar.

—No juegues que está cargada –le dije–. O

dinos dónde encontrar otra boca así.

Ipatria me miró. Desearía creer que sonrió.

Gélida. Sudaba bajo la luz blanca del parque,

filtrada entre los últimos pinos de la ciudad.

Sudaba hasta por los ojos. Puede ser que llorara.

Sudor frío, lágrimas adrenérgicas, entre otros

fluidos androides que ningún humano ha visto

jamás. Ipatria, la más solitaria y apócrifa de las

diosas de la historia y la sexualidad. Ipatria, la

madre de clito, browning, y el resto de las

palabras. Ipatria, orate y lúcida como un círculo

recortado de luminiscencia lunar. Ipatria se sacó

el cañón de la boca.

Bajó la Browning de 15 tiros. Bajó sus brazos

de neón anémico. Bajó las cejas, bajó los

párpados. Bajó los dedos y el arma cayó a tierra,

atraída por la fuerza de gravedad. La vimos rodar

por el césped hasta llegar al fango, donde se

encajó de cañón sin emitir quejido o disparo.

Nadie en el grupo se atrevía ahora a

reaccionar. Ipatria tampoco. Se nos habían

descargado en masa las baterías. La luna parecía

una lápida desteñida de coral. De fuego, pero ya

fatuo.

—Uno de estos días, ya verán –se alejó

protestando Ipatria hacia su banco eterno del

parque de la Asunción: el que no tenía respaldo.

De una u otra forma siempre todo empezaba

así: a través de Ipatria y sus amenazantes frases

que leíamos con imposible fascinación.

3

Una noche decidimos recorrer en ómnibus la

ciudad. Atrapamos al vuelo una 23, ruta

trasnochada a lo largo y estrecho de la avenida

Porvenir. Ya dentro, nos apilamos en la parte

trasera, aunque nadie más viajaba en la guagua.

Serían las tres o tres y media de la

madrugada. Y a esa hora el mundo casi no existe

en La Habana: La Hanada, según Ipatria. A esa

hora ya sólo existía Ipatria. Desnuda, como de

costumbre. Bailando en cámara lenta con su

piedra lunar. En público, en grupo. En un

ómnibus propiedad del Estado. Ipatria lunática.

Húmeda y ríspida, laberíntica. Ipatria petrificada

y calva, cerebral y afeitada. Pura piel sintética sin

accidentes. Ipatria, divino despilfarro desvelado

de la d y otros demonios antidiurnos.

La rodeamos para protegerla de los curiosos

que quizá en otro espacio-tiempo pudieran

aparecer. La rodeamos para ponerla a salvo del

paisaje irreal que corría a tope de velocidad al

otro lado de las ventanillas, película mal

fotografiada que íbamos dejando atrás: de

Lawton a Luyanó a Centro Habana al Vedado.

La rodeamos para verla, porque era ella el centro

de nuestras noches en grupo, fuera en ómnibus o

caminando: porque era ella nuestro eje

gramatical. La rodeamos para que fuera libre de

moverse al compás del motor, bailando sobre

infinitas ondas cuánticas de un solo tono. Blanca,

insonora, nano. Arcoiris monocromático de

ningún decibel.

Y entonces la vimos meterse ahí dentro la

piedra: a Clito, bien hondo por su entrepierna. Y

después meterse ahí dentro también un puño, el

39

derecho: sus cinco dedos cerrados en forma de

arrecife coral. Nervaduras y venas, furia rosada,

piramidal. Y meterse ahí dentro el resto de su

brazo después, hasta quedar inválida, asimétrica.

Y meterse ahí dentro el resto de su cuerpo, hasta

casi desaparecer: medusa traslúcida a la altura de

la avenida 23, rampa de lanzamientos para

colocar su cuerpo invaginado en la luna, satélite

genital devenido ahora muñón.

Más que desnuda, Ipatria bailó invisible en la

parte trasera de la 23. Rodeada por nosotros, que

de pronto ya no rodeábamos a nadie. Y todos

sentimos nuestros sexos duros y babeantes, por la

excitación de esa misma nada. Y ya no pudimos

o no quisimos o no supimos evitar que su cuerpo

se nos esfumara hasta quedar a flote como una

niebla transnacional. Aire y asma y asfixia: smog

del subdesarrollo, somnomemorias tatuadas en el

hielo sucio de un cometa que nadie en el grupo

supo si volvería a bailar. A brillar. Ni siquiera el

chofer de la 23 que, por supuesto, en todo el

viaje no se dio cuenta de nada: zombie

institucional de correcto uniforme y reloj.

Esa noche nos despedimos sin rozarnos

apenas. Ni el grupo ni Ipatria. Ni un beso. Ni un

chiste. Ni una nalgada. Pero tampoco ni un sólo

anuncio del fin. Cada cual solitario a su apócrifo

hogar. A rebajarse el alma retorciendo los

cuerpos sobre la cama, pensando en Ipatria:

hedonistas y hastiados, onanismo autista. Siendo

todos un poco Ipatria a esa hora sin hora.

Rezando mientras nos veníamos con tal de que,

por favor, Ipatria, ojalá reaparezcas la próxima

noche en el parque de la Asunción. Ojalá que

surjas de la nada, como siempre, tan lustrosa de

blanco y sin un sólo pelo en el cuerpo. Con tu

boca y tus manos ya listas para la acción que

cada miembro del grupo imita ahora en su cuarto.

Y, como siempre también, Ipatria, ojalá que en tu

cintura refulja un arma sin alma llamada

Browning, mientras en tu pecho plano pendule el

puñetazo rosado de Clito, nuestra piedra lunar.

4

Otra noche bajamos hasta el estadio, en la

recurva de las líneas del tren. Nos tumbamos

sobre la grama, a ciegas, y oímos en primer plano

los pitazos de las locomotoras. Locas, locuaces.

Formidables máquinas de importación, tan

pesadas que las vibraciones rebotaban en

nuestros pulmones a través de la arcilla y la

clorofila dormida de la hierba profesional.

Daba la sensación de que los trenes

avanzaban sobre el estadio. Que el terreno de

béisbol estaba siendo bombardeado. Que no nos

daba tiempo a una fuga. Que nos veníamos de

miedo y frío entre los raíles, de puro pánico en

paralelo, mientras una rueda aceitosa y bufante

nos clavaría por detrás, placenteramente

enterrando el dolor de nuestros esqueletos en la

grama vegetal. Entonces Ipatria se paraba y

comenzaba a dar gritos.

Eran chillidos de animal rebanado: partido

por la mitad o abierto en canal. Ipatria, hembra

desesperada que estalla por la boca con un

hambre fónico, de piedra de amolar: laberíntica

lija de gritos obscenos, acordes palatinos sin más

armonía que el eco y la distorsión. Ipatria mal

afinada bajo la carpa de estrellas ya muy

aburridas de sus elipses y órbitas. Ipatria

despertando a los vecinos al otro lado de las vías

del ferrocarril.

Y entonces, para eludir la furia de las

primeras luces encendidas y ventanas abiertas, el

grupo completo interrumpía su sexo contra la

tierra y nos perdíamos esa noche de allí. Con

Ipatria a la cabeza, todavía estentórea: en estéreo.

Faro de luminiscencia blanca en un pentagrama

de clave sostenida menor. Todos otra vez con

unas ganas cósmicas de regresar a nuestros

apócrifos cuartos y, cada cual en solitario,

revolvernos rabiosamente en la cama hasta

eyacular o morir. Por más que la frase parezca

una consigna sin misterio del peor ministerio

estatal.

5

A veces Ipatria usaba la Browning para hacer

prácticas de 15 tiros. Con Clito. La zona del

paradero de guaguas era la más apropiada, por

remota y por el exceso de iluminación. Todos los

postes del alumbrado público funcionaban allí, si

bien la policía nunca se atrevía hasta esa zona de

Lawton. Tampoco quedaban muchos vecinos.

Por lo demás, desde allí se oía el rumor del río

Pastrana, que dispersaba el eco hueco de

cualquier disparo. Incluidos los de la Browning

de Ipatria.

Ella colocaba la piedra a casi una cuadra de

distancia: algunos pasos de menos, rara vez

medio paso de más. Ipatria apuntaba entonces

durante largos minutos, horas enteras tal vez,

hasta poco antes del amanecer. Lo hacía siempre

desnuda, sus nervios tiritando bajo el falso

invierno nocturno y el peligro imaginario de

aquel rincón muerto de la ciudad.

El grupo se limitaba a hacer silencio a su

alrededor. La rodeábamos hasta hacer inservible

su desnudez. Todo para que, de pronto, en 15

segundos de gloria, Ipatria descargase la ira

40

automática de su cargador. 15 tiros con

silenciador: 15 fogonazos de muda rabia. Y

llegaba entonces el ritual de presenciar cómo

Ipatria se volvía a vestir. Botines de plata, un

vestido ancho y una bufanda de papel periódico

sin imprimir. Todo blanco excepto la Browning,

aquella pistola parda.

Era sobrecogedor verla empujar su piel

dentro de la tela, como si no cupiera

completamente en la ropa. Y tal vez por eso

Ipatria se quejaba. Bajito: susurros y ayes.

Apretaba los labios. Se olía las manos: sudor a

punto de condensación. Intentaba introducirse de

nuevo un milímetro más. Contorsionaba, luego

ya en calma, y se relamía para ayudarse a enropar

con su propia saliva. O con el rocío de su frente.

O acaso fiebre. Hasta que Ipatria parecía quedar

conforme de su apariencia vestida y taconeaba

entonces la distancia que la separaba de su diana

o víctima o piedra lunar.

Tac-tic, reloj en contra de las manecillas del

tiempo, tac-tic, anacrónica sin salvación: algunos

taconeos de menos, rara vez medio taconazo de

más. Así avanzaba hasta alcanzar el blanco de su

puntería. Y recogerlo. Lo alzaba como si fuera un

animalito cadáver, una mascota caída muerta del

cielo, tan sólo para voltearse enseguida y

mostrarnos su piedra convertida ahora en trofeo.

Por supuesto, las 15 monedas de plomo

siempre estuvieron en su lugar. Ninguna bala de

Ipatria jamás falló. Eran 15 marcas

microvolcánicas sobre la superficie de Clito,

puño pétreo y herido. Eran 15 punzonazos

circulares: flor fornicada por 15 balazos o

meteoritos de miniatura. Exactamente 15 infartos

sin coágulo y 15 chapillas como centavos de

importación. Una violación pedestre a disparo

limpio, con humo remanente de lunar coralino:

con olor a pólvora de Ipatria y su sabor a metal.

Entonces, antes de retirarse a quién sabe

dónde en la ciudad, la oíamos silbar

altaneramente aquel aire lánguido y anglo de la

felicidad es una pistola cargada, cansada. Y, por

más que lo hacía casi a quemarropa del grupo,

Ipatria nunca estuvo más distante de todos que

cuando acababa de disparar. Era imperdonable

que, después de esperar por ella tantas y tantas

madrugadas, Ipatria siempre nos abandonara así,

en el clímax.

6

Poco tiempo después comenzó la moda de los

apagones. Los vecinos o los policías o ambos se

robaron los bancos del parque y hasta los

peldaños de las escalinatas de Lawton. Se

robaron postes, farolas, cables, y talaron los

últimos pinos para hacer leña en comunión.

Levantaron aceras para construir túneles o

catacumbas. Se emborracharon fermentando la

clorofila del césped y, para colmo de

información, de punta a punta del barrio clavaron

dos mil pancartas a mano alzada: NO PASE,

TERRITORIO MILITAR.

Ipatria se puso triste. O impávida. No parecía

entender el espíritu épico de la época. Quería

oponerse y no sabía qué hacer. Ni por qué hacer.

Había extraviado su intuición planetaria. Se

deprimía y ya no nombraba nada. Ni a nadie. Ni

a ningún miembro de nadie. Incluso su cuerpo en

público la aburría. Ya nunca se desnudaba

rodeada por ningún otro cuerpo que le prestara

atención. Hasta que a todos se nos fue olvidando

aquella lengua rugosa y lisa que Ipatria tampoco

ya usaba: se fue borrando su fonía de vocablos y

gestos de cuando Lawton aún no era un

cementerio de símbolos, sementerio en blanco

donde lo único que persistía eran las esporas

cactáceas del argot militar.

Era muy cruel ver así a nuestra Ipatria: los

brazos caídos, las cejas caídas, los párpados

caídos, la Browning de 15 tiros y Clito caídas

también. La fuerza de gravedad era un telúrico

telón que taponeaba su antiguo apetito. Por eso

una noche en grupo lo decidimos. Sin Ipatria,

contra Ipatria. Era necesario por todos: no hay

grupo humano que sobreviva a semejante estado

de compasión. Nosotros amábamos a Ipatria en

su borrosa nitidez. Y lo criminal hubiera sido

dejarla sobremorir así, como una mediocre más

en las madrugadas inciviles del apagón.

7

La amarramos. Aunque fuera el fin. El

nuestro, el de ella. El de Lawton, el de La

Habana. El de Cuba y América también. O tan

sólo el final de Ipatria. No importa, es igual: la

amarramos y ella no hizo el menor intento de

resistir. Tal vez hacía mucho que se esperaba

algo así.

Desearía creer que sonrió al verse prisionera,

libre por fin, acaso burlándose en secreto de tanto

pánico alrededor de su paz. Nuestra impotencia

la fascinaba: marca defectuosa de fábrica de un

grupo tan fracasado como toda nuestra

generación. Desearía también creer que al final

no fuimos más que conejillos de Ipatria, que fue

ella quien desde el inicio así lo planificó.

Ya amarrada, la bajamos al túnel menos

accesible del parque de la Asunción: el de los

escalones de madera a medio construir. Allí la

41

depositamos delicadamente en la galería, como

una pucha de flor de muerto. Entonces la

desnudamos y uno a uno le pedimos perdón.

—Ipatria, perdónanos –repetimos hasta que

su mirada en blanco nos absolvió:

—Los perdono porque saben muy bien lo que

van a hacer –pronunció desde su cuerpo tendido

entre los cirios de bodega que nos robamos

especialmente para el ritual.

Yo era el último en la fila. Me doblé sobre su

silueta tumbada, recta como la manecilla ausente

de ningún reloj, y vi cómo los alambres le

cortaban la piel y la circulación. Ipatria tenía

marcas profundas, pero no sangraba. De su

vestido tan blanco aún le colgaban ripios que se

confundían con las piltrafas blanquísimas de su

piel. Blanco sobre blanco, una fuente de luz muy

viva en aquel hueco negro. Y ese era todo su

vestuario de cara al bestiario de nuestro grupo.

Le puse una mano en la frente. El sudor me

quemó. Fiebre fría. Superficie de luna tras una

explosión atómica cenital. Hongo lunático antes

que alucinógeno. Se me hacía intolerablemente

agresiva la belleza de una muerte en libertad, y

no pude evitar escupir sus labios y abofetearla.

Le di dos o doce o doscientas veces. Y entonces

me despedí pegado a su oído al pedirle, por

supuesto, perdón.

—Ahora te toca a ti –me respondió Ipatria

para mi asombro, y deslizó su piedra roseta en mi

mano, justo cuando el grupo ya se le avalanzaba.

La despatarraron. El olor de su sexo

compactó todo el espacio y expandió un apetito

animal, atávico. Cada cual hurgaba en Ipatria

iluminándose con su propio mochito de cirio,

cera tibia y goteante. Cada cual ávido por

extraerle la rebanada mejor, la más nutritiva

alícuota de su ahora muda locuacidad.

Tratábamos de triturarla. De diluirla en

nuestros líquidos sin sentido, aseminales. De

halarla cada cual hacia su propio delirio, deleite,

delito. De ser posible, descuartizarla sin otra

coartada que no fueran nuestros deseos de

fragilidad. Al fin y al cabo, nosotros estábamos

tan tristes o impávidos como Ipatria, y nunca

entenderíamos tampoco el espíritu épico de la

época, a la que queríamos oponernos sin saber

por qué ni para qué: habíamos extraviado a

Ipatria como ella a su intuición planetaria,

supongo.

Hundí en ella mi mano hasta el antebrazo. En

la derecha, yo aún sostenía su piedra de fuego

coral. Tanteé órganos a ciegas, por su textura. El

olor a víscera comenzó a dializarse dentro de mis

pulmones y sentí náuseas: un vahído, una súbita

erección. Quise callarme de una vez en silencio,

sin énfasis ni reiteración. Quise llorar en seco,

aguacero anhidro, y no lo logré. Ningún gesto

mecánico debía distraerme de hurgar en ella: no

quería perderme ni un sólo resorte interno de

Ipatria, muñequita de guata célibe bajo el trapo

pornográfico de su piel.

No sé. Tal vez fuera un riñón. O el páncreas.

O un feto. O un lóbulo de su intestino con heces

petrificadas. No me importaba saber. Halé hacia

afuera y se lo saqué: en mi puño izquierdo, el

arma parda chorreaba vapores de óxido. Fue un

parto fluido, ilegible y denso como la leche, sin

sangre ni pus.

Mientras, el grupo entraba y salía de Ipatria.

Sin puntería, al azar: sus detritos eran nuestro

trofeo de caza. Inánime, ella parecía una estatua

caída del cielo a la tierra por la fuerza de

gravedad. Nunca se resistió ni quejó, dejándonos

desamparados con nuestro pedestre ritual:

violación sin víctima. El refugio entero comenzó

a temblar. El amasijo de túneles y laberintos

uteriformes parecía cambiar de mapa mientras el

olor a pólvora y vísceras dinamitaba la atmósfera.

El grupo seguía ripiándose los despojos de

Ipatria, tan energúmeno como de costumbre, pero

yo entendí que sobrevendría un colapso, que ya

era hora de huir y salvar de aquella podredumbre

los dos atributos ipatrios que yo heredaba del

parto.

Y así lo hice: huí, tropezando de peldaño en

peldaño por las escaleras de palo. Golpeándome

hasta perder el sentido, sin inconsciencia ni

dolor. Exiliado total sin otra patria que Ipatria.

En mis manos empapadas de zumo lunático iban

la piedra Clito, aún tibia de nieve, y la Browning

suicida de 15 tiros, tan mortífera y melodiosa

como en aquel tema anglo, cantado medio siglo o

acaso medio milenio antes del nacimiento y

muerte de Ipatria: la felicidad es una pistola

cargada, cansada.

8

NO PASE, TERRITORIO MILITAR, se lee

aún en la pancarta a mano alzada del parquecito

de la Asunción. Un paisaje devastado a ras de

tierra. Con surcos de camiones y pisadas de

pelotón. Todavía sin postes ni farolas ni cables.

Sin pinos ni bancos. Sin aceras ni césped de

clorofila amateur. Sólo quedan túneles

abandonados y galerías subterráneas ya inútiles

excepto como cadalso: catacumbas colectivas de

nueva y última generación.

42

Ha pasado el tiempo, tal vez demasiado. Del

grupo sólo sobrevivo yo y mis peregrinaciones al

cenotafio de Ipatria, en pleno parque de la

Asunción: monumento ignorado por los vecinos

y policías de este barrido barrio. Las sicopastillas

de importación, las inyecciones fumantes en

vena, cierto indolente dolor político terminal, el

sexo a solas como homenaje póstumo desde mi

cama, y las retrobacterias asesinas caídas tal vez

de la luna, se han encargado de diezmarnos. Mi

misión ha sido sobremorir más allá de la desidia

y la desmemoria. Y acaso ahora contarlo.

Desde entonces siempre cargo con el

contrapeso de Clito y la amenaza de Browning,

sin saber cuándo o cómo o con quién o por qué

usar esas dos palabras. Pero igual sé que Ipatria

tenía razón en aquel instante eterno de nuestra

orgía funeraria: ahora me toca a mí.

Y así será mientras duren mis noches sin

noche en este relato lato que ya a nadie cautiva

en las madrugadas de Lawton, La Habana, Cuba

y América, donde han taponeado todo nuestro

vocabulario hasta trocarlo en un vocubalario de

asfixia. Pero ahora me toca a mí. Y así será

mientras no aparezca nadie capaz de nombrar a

una piedra caída del cielo como un puñetazo

lunar. Alguien que después practique a tiro

limpio contra esa piedra, vistiendo únicamente la

pistola desnuda de su propio cuerpo, como si en

verdad fuera ella la diosa más solitaria y apócrifa

de la historia y la sexualidad.

 

 

 

 

1

Boring Home.

Orlando Luis Pardo Lazo.

Ediciones Lawtonomar, 2009.

2

 

 

 

CubaRaw

Luis Trápaga

El artista tiene en venta algunas de sus piezas. Para contactar directamente con él desde La Habana: telf. fijo: (053-7)833 6983
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Rafael Villares

"De soledad humana"

Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

Néstor Arenas

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la mirada indescriptible de los mortalmente heridos